Olga Bustos Romero se fue este 6 de abril. Hace apenas unas horas. Decenas de académicas y feministas expresaron su pesar, ese que sale a flote, contradictorio, desgajado, que pandea entre la despedida y el reencuentro y nos obliga a reconocer y recoger las huellas de quienes han contribuido a construir en las últimas décadas este amasijo de datos “objetivos” y subjetivos de lo que somos las mujeres del siglo XXI.
Desde la academia y la cotidianeidad de las profesoras universitarias, Olga era diligente y constante; afable y simpática. Siempre tenía una sonrisa atractiva que conseguía contactarnos. Conociendo a quienes trabajaron con ella en la investigación y la búsqueda de respuestas en el trajín del conocimiento y la palabra, puedo imaginarla leyendo e indagando; hirviendo en excitada y febril actividad averiguadora para demostrar cómo las académicas sufren discriminación en las universidades y las mujeres somos maltratadas en los medios de comunicación.
No fue ajena a la política universitaria y organizativa. Llegó a ser la directora del Colegio de Académicas Universitarias (CAU). Fue por mucho tiempo profesora en la Facultad de Psicología y la primera Coordinadora del Centro de Estudios de la Mujer, la primera instancia que en la UNAM impulsó los estudios de género fundada en 1984.
También representó a la facultad de Psicología en la Comisión Calificadora de las Revistas Ilustradas, una dependencia de la Secretaría de Gobernación donde puso en juego sus conocimientos y su interés por cambiar la imagen de las mujeres en los medios. Fue pionera en los estudios de la publicidad discriminatoria y el contenido de las telenovelas, desde una perspectiva feminista.